Hay buenos zapatos para la cabeza, versátiles, cómodos, hasta elegantes.
Lo que no hay es sombreros para el corazón.
Alardear de tu prestancia para señalar lo que no es importante lo avejenta, y lo hace volver aún más frágil y quebradizo.
Una vez roto sólo hace juego con la idiotez.
Mejor hambriento y desnudo, que vacío y avergonzado.
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