Quiso la fortuna dotarme de una inocencia frágil y evanescente, la suficiente para encarar con resignación los reveses de la realidad, y también la necesaria para ilusionarme con perplejidad intentando desenredar el porqué de sus continuas contradicciones.
No todo era malo.
No me cuestionaba que ser alguien reservado y absorto en un intramundo (plagado de fantasías) en el que buscar respuestas, y ser quien deseaba ser, y donde quería estar siguiendo siendo yo, fuese algo reprochable.
No me importaba, la vigilia solo es dueña de sí misma, y no de mis fantasmas.
Al caer la noche, en cualquier rincón de aquel cajón de sastre que era mi mente, hallaba maravillas y prodigios que excitaban mi espíritu, y nada pasaba desapercibido (para gozo y estímulo de mi creciente curiosidad), pues cuando lograba encadenar milagrosamente una fracción de irrealidad tras otra, dándome una respuesta parcial a preguntas que me quedaban grandes, sentía la necesidad imperiosa de llegar hasta sus fuentes, y aprovisionarme para la siguiente andanada.
Y la noche, y los sueños, saciaban mi sed durante la búsqueda.
De cualquier lugar venían la ilusión, la esperanza, el amor y la música, el dolor y la rabia, la lírica, la calma y más preguntas y respuestas, mientras el amanecer se aletargaba -creía dominar el tiempo, todavía lejos de la manecilla corta-, mientras mi mente estremecida reía en caída libre hacia otro despertar letárgico.
Y me sentía ávido, y a la vez angustiado, por plasmar con detalle en tinta y carne mis oníricas cacerías, ansiando otra vez ver la tenue sombra de mis miedos, para una vez vencidos, convertirles, moldearles, y exponerles disecados como trofeos en lejanas estanterías, en lo más profundo de mi alma.